Me vuelves a invadir, esta vez con menos culpa, pero con mayor deseo. Parece que había sido falsa la idea de haberte desterrado totalmente, pues bastó con volver a escuchar las breves notas de tu voz para terminar por aceptar que sigues instalado caprichosamente en este pequeño cuerpo cansado de albergar y albergar.
Te sentí recorriéndome nuevamente a través de mi torrente sanguíneo, acortándome la respiración y recordé que hubo una noche secreta donde yo entendí que te amaba, que silenciosamente mi corazón se había rendido ante ti, una noche secreta donde tus ojos detuvieron mis latidos para inmortalizarnos en el tiempo.
Hubo una secreta noche en donde tu terminaste por aceptar que de alguna manera también me habías encontrado, que no era como me habías imaginado, que no era en la circunstancia con la que tal vez habías soñado y que mucho menos era a través de la persona que pensaste; pero al fin y al cabo y muy a pesar de tu negación lógica y coherente sé que sentiste que al fin me habías encontrado.
Lo descubriste porque mi piel combina mejor con la tuya, porque mis latidos son los que mejor se acoplan a tus pasos, porque mis verbos son los que mejor se encuadran a tus pensamientos y porque soy la mujer que mejor te ha sabido mirar.
Aquel día habíamos decidido tomar la noche por asalto, nuestros planes centrales eran embriagar el alma y retroceder en el tiempo, nadie tenía planificado entregarse, nadie había medido la posibilidad de extasiarse mirándose uno al otro, ni empapándose de lujuria en cada apretón, lo cierta era que desde que nos subimos al taxi intuitivamente ambos sabíamos que esa noche de alguna u otra manera no iba a pasar desapercibida en nuestras vidas.
Llegamos al lugar y se hizo el protocolo acostumbrado, yo me sentía media hastiada de formar parte del mismo círculo al que voluntariamente había decidido ser parte, y es que claro al principio todo de ese círculo me llamaba la atención, me fascinaba y no lo desmerezco, sino que simplemente aquella noche, como ninguna otra más, sentí que no pertenecía ahí.
Tu mirabas con mucha inquietud el pasar de las personas, te habituabas perfectamente a la situación que sin llegar a ser incómoda para ti, tampoco te resultaba familiar, pero claro no te quedaba de otra, habías ido en busca de una excepción a la regla, atento al posible desliz de alguién, como dirían por ahí, al acecho caudaloso de alguna alma incauta. Yo a tu lado siendo la nena más amorosa del planeta, repartiendo besos y congelando sonrisas.
Empezó el ritual dancístico, correctamente sociables danzamos con quienes teníamos que danzar, pero derrepente las luces jugaron su papel, hubo un breve apagón, al reincorporarse la brillantez tu mano estaba cerca de la mía, tu boca a tres escasos metros, tus pupilas tatuándose impacientemente sobre mí. Te mire, te hice un pequeño gesto con la ceja como diciendo: VEN. Y viniste, te acercaste y como para despistar las suspicacias ensayaste una mirada de desinterés como para hacer creer que en tu intensión no había nada lujurioso que ocultar.
Me tomaste de la mano, sentí tus palpitaciones, tan similares a las mías. Acerqué mi nariz a tu oreja, al fin te tenía cerca, estabas tan cálido, tan vulnerable, no te me resistías, habías aceptado que tu entrega no era más que un hecho inevitable, una necesaria transición a la verdadera pasión y es que si mi intuición no me engaña estoy convencida que el placer, ese día, para ti tenía forma diferente. Te sentí lúdico, girábamos y la música hacia su papel, nos empezamos a envolver, eran como capas y capas de piel entrelazándose metro por metro.
La oscuridad acechaba incrédula, incierta de saber qué pasaría con nosotros horas más tarde. Se terminó la música, regresamos a nuestros sociales y correctamente lugares, pero el veneno empezaba hacer efecto, esa atracción virtual y distante de la que habíamos pretendido escapar meses atrás, se había arrodillado ante el deseo. Sentimos un descontrol hormonal, mi cuerpo vibraba al verte, estaba sumergida en un arrabal de sensaciones, trataba de no mirarte pero el impulso estaba vitaminizado, calcificado de atributos, arrebatado, malcriado, imponente.
No pudimos más, nos volvimos a mirar, tu mano se volvió a extender, esta vez ya no me condujiste con sutileza, esta vez me impusiste tu don, arrastrándome hasta el rincón más oscuro que pudiste encontrar, me querías más cerca, con menos miradas ajenas, más a tu merced, me olías, me susurrabas, acomodabas mi cuerpo al tuyo, sentías que ahora era más tuya, habías olvidado por completo a qué, para qué y con quién viniste, estabas desquiciado, tu compleja lealtad te daba saltos de advertencia pero tu sangre se había contaminado al extremo.
Luego inexplicablemente te volcaste en sentimientos encontrados, demostrándome que lo que inicialmente parecía más que una eventual excitación había resultado (para tu propia sorpresa) el nacimiento de un sentimiento mucho más cómplice. Quedé atónita con aquella demostración de sensibilidad y en ese momento todo cambio, lo lúdico, lo perverso, lo sexual en breves instantes se transformo en una ilusión, en algo que si bien podría decirse esta colmado de vicios, al fin y al cabo es tan puro y natural como cualquier sentimiento que nace de manera improvisada, al azar.
Yo regrese a casa (no precisamente a la mía), con la mente volcada en ti, en tu sonrisa, en el brillito característico de tus ojos, en tu implacable espíritu de lucha y de salir adelante, regrese cegada por ti, decidida a seguirte amando en secreto, confundiendo mis pensamientos entre muchos otros hasta lograr olvidarte y dejarte en el concepto de buen recuerdo, porque no es, porque no creo que llegue a ser, porque hay mucho terreno que caminar, muchos manglares que cortar para tener un mínimo de esperanza que algún día eso bonito y especial que sentí aquella noche secreta se pueda materializar en abrazos, en besos, en noches de entrega, y tal vez en una visión compartida.
Sé que tu regresaste a donde tenías que regresar con la duda en la mente, con la sensación aún latente en la piel y con las mil y un miradas que te regale aquella noche secreta, esa en la que tu y yo fuimos testigos de tantas verdades.
(*) Lo bueno de escribir es poder jugar con la realidad y con la ficción, nadie sabe si lo que escribo esta basado en experiencias propias o si son tomadas de relatos ajenos ó incluso si simplemente son historias inventadas como una especie de catarsis personal. Nadie sabe, a menos que te creas tú el personaje principal de dichos relatos o hayas estado ahi para certificarlo.

La cagaste con la "aclaración" final, pero fuera de eso si no estuviera ahí esa inútil aclaración, el relato estaba perfecto...
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